miércoles, 10 de julio de 2013

RAFAEL SANCHO ALEGRE, REGICIDA FRUSTRADO Y CONDENADO


9 de julio de 1913

Condenado a muerte Rafael Sancho Alegre,

acusado de atentar contra Alfonso XIII

 

Arturo del Villar

 

   EL 9 de julio de 1913 se hizo pública la sentencia dictada por la Sección 3ª de la Audiencia Provincial de Madrid contra Rafael Sancho Alegre. En 14 resultandos y 12 considerandos se le reconocía culpable de un delito frustrado de regicidio, con la agravante de premeditación conocida y alevosía, sin que antes ni después del atentado demostrara tener perturbadas sus facultades mentales, como alegó la defensa, y sin que se contemplase motivo de exención o atenuación de la pena. Por todo lo cual se le condenó a muerte y al pago de las costas procesales, así como al decomiso de sus efectos personales.

   Por la tarde se le leyó la sentencia al condenado, y al preguntarle si tenía algo que alegar contestó: “No, está bien.” Se negó a firmarla, por lo que lo hicieron dos vigilantes como testigos.

 

España desangrada

 

   Rafael Sancho Alegre era un sencillo muchacho barcelonés, uno de tantos españoles indignados con la monarquía de Alfonso XIII. La economía nacional estaba en crisis total desde el llamado “desastre del 98”, cuando la estupidez de los políticos llevó a la Escuadra a enfrentarse con la más potente de los Estados Unidos, que la aniquiló. Las guerras coloniales en América habían causado millares de muertos y heridos, entre los jóvenes reclutas obligados a combatir contra patriotas animados de orgullo independentista, para defender los intereses financieros de unas compañías participadas por el rey y los grandes títulos nobiliarios.

   Sin aprender la lección, se continuó la guerra colonial en Marruecos. Las revueltas de los independentistas marroquíes empezaron en 1859, pero desde 1893 eran más violentas. Las hostilidades se centraban en la zona del Rif, importante por sus minas de hierro, muy codiciadas.

   Enviar a la muerte a millares de jóvenes españoles les parecía lógico a Alfonso XIII y a los gobiernos dinásticos alternantes en el poder, fueran conservadores o liberales, ya que en poco se diferenciaban. Pero los vasallos no querían la guerra, porque causaba millares de muertes, más numerosos heridos, otros tantos huérfanos quedaban en la miseria, dejaba los campos sin sembrar y las fábricas sin producir por falta de trabajadores, y representaba una sangría económica imposible de asumir. En mayo de 1902, al iniciarse el reinado de Alfonso XIII, la Deuda Pública española representaba el 124 por ciento del Producto Interior Bruto.

   En las calles pedían limosna inútilmente millares de mutilados de guerra, desatendidos por los gobernantes y sin posibilidad de encontrar un empleo, dada su minusvalía.

 

La ciudad de las bombas

 

   El anarquismo demostraba su fuerza y su oposición a la monarquía de la única manera que se le permitía hacerlo: colocando bombas, principalmente en Catalunya, en donde contaba con mayor número de afiliados. Barcelona recibía el sobrenombre de “la ciudad de las bombas”. Allí se le ocurrió al Gobierno del conservador Antonio Maura decretar el embarque de reservistas para a ir a matar y sobre todo morir en Marruecos. En junio de 1908 se fundó la Compañía Española de Minas del Rif, participada por Alfonso XIII, el marqués de Comillas, los condes de Romanones, Güell y Mejorada, el duque de Tovar y otros de los llamados nobles. Pero los rifeños defendían la independencia de su tierra y la propiedad de sus riquezas naturales, por lo que atacaron a los trabajadores españoles.

   Antonio Maura cometió la estupidez de ordenar el embarque de tropas reservistas para ir a Marruecos, precisamente en el puerto de Barcelona. Los reservistas eran trabajadores casados y con hijos, que habían cumplido el servicio militar en su día, y entonces debían abandonar trabajo y familia para ir a combatir contra unos enemigos que no les importaban nada, puesto que ellos no tenían intereses económicos en el Rif. Los jóvenes que podían pagar una cuota de 1.500 pesetas, un capital entonces, quedaban exentos de cumplir el servicio militar obligatorio. En consecuencia, los reclutas y por lo tantos los reservistas pertenecían todos a familias pobres obreras y campesinas.

   El 12 de julio de 1909 comenzó el embarque de reservistas en el puerto de Barcelona, despedidos por esposas e hijos que lloraban y se lamentaban tristemente. Otras mujeres cargadas de alhajas, esposas de los accionistas de la Compañía Española de Minas del Rif, entregaban escapularios de la Virgen del Carmen a los muchachos, asegurándoles que si se los colgaban al pecho serían invulnerables a las balas. Ellos los cogían y los tiraban por la borda. El mismo día empezaron los combates alrededor del monte Gurugú, que iban a resultar trágicos para las tropas españolas.

 

La Semana Roja

 

   El domingo 18 de julio de 1909 se produjeron incidentes violentos, cuando el pueblo barcelonés trató de impedir por la fuerza el embarque de nuevos reservistas. El himno de la Marcha real fue interrumpido con abucheos y silbidos. El capitán general de Catalunya, Luis de Santiago, ordenó a la tropa disparar contra el pueblo, pero nadie obedeció la orden. Se amotinaron un cabo y nueve marineros, que fueron detenidos y juzgados por rebelión militar.

   Se supo el día 23 que habían muerto más de 300 soldados españoles en el monte Gurugú. Al día siguiente Solidaridad Obrera, la Confederación Nacional del Trabajo y el Partido Socialista Obrero convocaron una huelga general pacífica de 24 horas en Barcelona para el lunes 26. El ministro de Gobernación, Juan de la Cierva, ordenó al gobernador civil Ángel Ossorio y Gallardo que adoptase medidas contundentes para impedir la huelga, por considerarla un desafío a la autoridad del Gobierno y del rey.

   De esa manera en lugar de una huelga pacífica de un día se produjo la conocida como Semana Roja de Barcelona, entre el lunes 26 y el sábado 31. El ejército español disparó sus cañones contra el pueblo, pero la censura impidió saber el número de víctimas; se calcula que hubo un centenar de muertos y medio millar de heridos. Ardieron 37 institutos religiosos, previamente desalojados por sus ocupantes; fueron removidos unos dos mil metros cuadrados de adoquines, los cañonazos causaron enormes destrozos con boquetes, roturas de farolas, ventanas y escaparates, dimitió el gobernador civil por desacuerdo con el capitán general, se procesó a 1.725 personas, se dictaron 17 sentencias de  muerte, 59 condenas a cadena perpetua, un número impreciso pero elevado de deportaciones, quedaron clausurados más de un centenar de centros políticos anarquistas y republicanos principalmente, se suspendió la circulación de seis periódicos, y se asombró a Europa por la dureza de la represión.

   Durante ese tiempo tuvo lugar el desastre del ejército español en el Barranco del Lobo, el día 27, que causó 752 bajas entre muertos y heridos. El ejército servía para disparar contra el pueblo español, pero demostraba su inutilidad en combate contra patriotas independentistas.

   Culminación de ese horror fue el fusilamiento el 13 de octubre de Francisco Ferrer, acusado de instigar la revuelta. La conmoción en toda Europa fue inmensa, y se sucedieron las manifestaciones ante las embajadas españolas al grito de “¡Maura no!”. En Bruselas se le erigió una estatua. El rey sacrificó a Maura el día 21, aunque era su cómplice y había autorizado el crimen.

   El 12 de noviembre de 1912 el anarquista Manuel Pardinas ejecutó en plena Puerta del Sol madrileña al presidente del Gobierno, José Canalejas, jefe del Partido Liberal.

 

Un buen muchacho

 

   En ese ambiente de odio a la monarquía y a los gobernantes se educó Rafael Sancho Alegre. Su madre era soltera, lo que en aquel tiempo se consideraba un deshonor, y murió cuando él tenía tres años. Fue recogido por unos tíos tan afectuosos como pobres. Cuando intentó cometer el regicidio tenía 25 años, era de oficio carpintero, y estaba casado, pero separado de hecho de su mujer, que era analfabeta, como el 66,65 por ciento de los vasallos de Alfonso XIII en esos años.

  En cambio, Sancho era muy aficionado a la lectura, y entre sus pertenencias decomisadas por la Justicia se contaron muchos libros de contenido político. Pertenecía al grupo anarquista Sin Patria, y fue en sus instalaciones donde aprendió a leer, porque el anarquismo se esforzaba por educar a la población, no sólo alfabetizándola, ya que no lo hacían los gobiernos monárquicos, sino recomendando a sus afiliados un comportamiento ético en su vida de relación con los demás. A la monarquía y sus mantenedores, incluida la Iglesia catolicorromana, les convenía que el pueblo no supiera leer, para mantenerlo en esclavitud.

   Trasladado a Madrid en febrero de 1913, encontró trabajo en un taller de carpintería, en donde era muy apreciado por sus compañeros, según declararon en el juicio, debido a  su laboriosidad y exactitud. Vivía realquilado en la casa muy humilde de una viuda con cinco hijos, quien declaró que llevaba una vida muy tranquila, dedicaba las noches a la lectura, se acostaba pronto y madrugaba para ir aseado a su trabajo, muy limpio, siempre bien vestido, aunque con modestia.

   Añadió que parecía haber entablado relaciones con una muchacha residente con sus padres en el segundo pido del mismo inmueble. Se descubrió que sobre un retrato de la muchacha había escrito: “Llorarás sobre la tumba de este anarquista.” La muchacha y su madre manifestaron que era un joven muy educado y agradable.

   También informó la patrona que a poco de alquilar la habitación a Sancho se habían presentado en la casa unos inspectores de policía, para preguntarle por él. Dio buenos informes acerca de su conducta, así que los policías le aseguraron que podía seguir teniéndolo como huésped. Este dato demuestra que la policía de Alfonso XIII vigilaba a los vasallos, estaba al tanto de sus traslados de domicilio, y los fichaba según su ideología, para mantenerlos bajo su atención cuidadosa. Esto sucedía diez años antes del golpe de Estado real que instauró la dictadura militar.

  

El atentado

 

   Sancho adquirió con facilidad un revólver Lovelok de ocho tiros cargado con proyectiles blindados, según cuenta la sentencia, con la intención de dispararlo sobre Alfonso XIII. Eligió para ello el domingo 13 de abril de 1913. Los supersticiosos pensarán que el número 13 resultó desfavorable para el rey, aunque fue un 14 de abril cuando huyó a toda velocidad de España, dejando abandonada a su familia, por temor a que sus exvasallos liberados tomaran represalias contra él.

   Aquel día el rey presenció la jura de bandera de unos soldados en la plaza de Colón, y continuó a caballo, rodeado de su séquito, para seguir por la calle de Alcalá hasta palacio. A las 14,40 horas, frente al número 52 de la calle de Alcalá, se vio a un muchacho adelantarse hacia la caballería y disparar contra el rey con mala puntería, porque la bala solamente le chamuscó el guante de la mano derecha. El rey lanzó su caballo contra Sancho, que en el suelo hizo otro disparo con el que hirió en la cruz al animal, y un tercero que hirió levemente a un agente de policía, convertido en héroe por los periódicos en los días posteriores.

   Un tropel de policías se había abalanzado sobre Sancho, caído en el suelo, y se puso a golpearlo, mientras él permanecía impávido. Otros policías detuvieron a un joven que estaba junto a Sancho, un francés sin ninguna relación con él, que presenciaba el paso de la caballería. La psicosis del atentado convertía en sospechoso a cualquiera. Cuando su majestad católica llegó al número 6 de la calle de Alcalá fue insultado por un hombre, que inmediatamente fue detenido y más tarde juzgado por insultos a la Corona. Se llamaba Ramón Molinas: que la historia recuerde su nombre.

 

El proceso

 

   El día 15 se constituyó el Juzgado en la Casa de Canónigos, para interrogar a un elevado número de testigos: los policías participantes en la captura del regicida fracasado, numerosos espectadores del desfile, la viuda que le alquilaba una habitación en su casa, los padres de su novia madrileña, el dueño y los empleados en el taller de carpintería en donde trabajó, y otras personas con las que mantuvo alguna relación, conocidas por la policía, que al parecer lo sabía casi todo sobre Sancho, aunque se le escapó un detalle.

   Se detuvo a Antonio López, encargado de un taller de marmolería, perteneciente al grupo anarquista Sin Patria, acusado de complicidad en el atentado, pero no se pudo demostrar. En días posteriores continuaron las detenciones de anarquistas fichados por la policía. Está claro que eran unos policías muy sagaces, puesto que había investigado el domicilio de Sancho y conocían a sus amigos, pero no fueron capaces de prever el atentado. Se supo que el traslado a Madrid de Sancho fue advertido por los policías barceloneses, quienes informaron a los madrileños para que lo vigilasen, con escaso celo, a juzgar por los resultados.

   Según las crónicas, en la calle de Carretas se detuvo ese día a un cojo que infundió sospechas a la policía. En un bolsillo se le encontró un romance que empezaba así: “Con la frente alta / marcha el regicida, / el pulso sereno, / el alma tranquila. / Y llega al cadalso / la cabeza erguida.” Fue fichado, se le tomaron las huellas dactilares, y se le puso en libertad por falta de cargos. Las crónicas no dan su nombre.

   El Congreso, el Senado y los altos mandos militares se acercaron al palacio de Oriente, para testimoniar al rey su felicitación por haber resultado ileso en el atentado. Estas felicitaciones fueron continuadas en los días siguientes por estamentos oficiales y personas individuales. Por supuestos, servidores todos  de la monarquía.

 

Detenciones en cadena

 

   El día 16 se constituyó el Juzgado en la Cárcel Modelo, para tomar declaración a Sancho, quien admitió su propósito de quitar la vida a Alfonso XIII, cosa que no necesitaba aclaraciones. Manifestó asimismo que había actuado en solitario, sin que nadie le ayudase ni para comprar el revólver ni para dispararlo. Pese a ello, continuaron las detenciones de presuntos cómplices y de lo que llamaban los periodistas sospechosos, sin otros datos. Queda demostrado que la policía monárquica aprovechó el suceso hacerse perdonar el no haber impedido el atentado, sumando detenciones de sospechosos.

   Por la noche se sirvió un banquete en el comedor de gala del palacio de Oriente, residencia de los reyes y sus familias, en honor del príncipe de Sajonia, de visita en Madrid. Contaron los periódicos que se sirvieron siete platos, cuatro postres, sorbetes, vinos de seis marcas y champán francés. Mientras tanto el pueblo español vivía en la miseria y pagaba impuestos para sostener el boato de la monarquía, además de perder la vida en defensa de sus intereses financieros.

   Al otro día se celebró una solemne función religiosa, para agradecer a Dios que el anarquista tuviera tan mala puntería. Asistieron altos dignatarios servidores del rey.

   El día 18 las secciones de sucesos de los periódicos contaban una breve noticia sin importancia: la muerte de José García, un niño de diez años, al incendiarse la choza en la que vivía en Villaverde.  Él nunca cenó siete platos ni bebió champán francés ni durmió en sábanas limpias.

   El 19 se recibió en palacio una felicitación del cardenal Merry del Val en nombre del papa Pío X. A tono con tan piadosa congratulación estuvieron las devotas declaraciones hechas el mismo día por el expresidente Antonio Maura: “La humanidad habría dejado de existir si el crimen tuviera eficacia contra leyes trazadas por la mano omnipotente que guarda la vida del rey, en quien, con excelsa serenidad, vemos representada la esencia imperecedera del alma nacional y de nuestras almas individuales.” Amén.

   Al mismo tiempo el juez especial encargado del caso dio por concluido el sumario y lo remitió a la Audiencia. Comprendía dos piezas con más de quinientos folios.

 

Homenajes y condena

 

   Prosiguieron homenajes al rey, por la suerte que tuvo, y merece la pena recordar el mitin organizado por la Juventud Conservadora el domingo 20 de abril. Lo presidió Ángel Ossorio y Gallardo, el dimitido gobernador civil de Barcelona, un personaje que iba a convertirse en enemigo del rey y distinguirse como tal durante la República. Sin embargo, aquel domingo declaró entre el entusiasmo de los asistentes: “La monarquía en España representa el depósito de la tradición, la garantía de la historia, el porvenir de España. Por eso, cuando vimos salvado al rey, toda la nación vio no sólo su persona fuera de peligro, sino a la raza española en salvo.” Ahí queda eso.

   Y el 9 de julio se hizo pública la sentencia que condenaba a Rafael Sancho Alegre a la pena de muerte y al pago de las costas procesales, así como al decomiso de sus efectos personales. ¿Qué haría la ciega Justicia monárquica con sus libros anarquistas?

   Para completar la crónica falta decir que el recurso de casación presentado por el abogado defensor fue rechazado por la Sala de Vacaciones del Tribunal Supremo. No obstante, el 3 de setiembre le fue conmutada la pena de muerte por la de cadena perpetua, que cumplió en el penal de El Dueso en Santoña, adonde se le trasladó debidamente custodiado. No se puede afirmar que fuese un final feliz de la historia.

 

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